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La protección del medio ambiente ya es tema de conversación. La idea de que una gestión sostenible de los recursos naturales es imprescindible para nuestro desarrollo económico y social, empieza a cuajar en todas las capas de la sociedad. Ya tenemos mucho ganado, ahora nos toca actuar. ¿Pero cómo? ¿Tenemos que volvernos todos activistas y lanzarnos a proteger el mero autóctono, o revivir el rio de nuestro pueblo? Oye, si te va la marcha, adelante, pocas cosas hay tan potentes como un grupo de activistas apasionados. Pero en principio no hace falta, por suerte todos tenemos en nuestras manos la herramienta de cambio más potente de todas: nuestros hábitos de consumo.

El consumo es la mayor fuerza democrática de nuestra era; la manera en la que consumimos da forma a la sociedad y al planeta en el que vivimos. Consumimos por definición, por existencia. Nos levantamos para ir a trabajar y así tener dinero para poder consumir y cubrir nuestras ‘necesidades’. Consumimos electricidad, comida, ropa, transporte, electrónica, ocio… un día tras otro, todos los días de nuestra vida. Hasta aquí todo bien. El problema es que no somos conscientes de las consecuencias que este consumo tiene en el resto del planeta. Nosotros sólo vemos el producto final, siempre muy bonito y bien empaquetado, pero escondido en países ‘en desarrollo’ está el proceso productivo que le ha dado vida a ese producto. Y son los procesos productivos de todo aquello que consumimos lo que al final termina por dar forma a la sociedad y al planeta en el que vivimos.

El respeto por el medio ambiente y las condiciones laborales de los trabajadores

Dicho esto, he aquí el kid de la cuestión: hay formas y formas de producción, y por ende, formas y formas de consumir. Unas respetan el medio ambiente y las condiciones laborales de sus trabajadores, la gran mayoría no; pues cuando todo pasa por obtener los máximos beneficios, resulta que los derechos de los trabajadores y la naturaleza desaparecen. Al fin y al cabo semi-esclavizar es muy barato y contaminar es gratis. Pero una empresa solo crece y sobrevive si nosotros le compramos sus productos, por lo que somos nosotros, con nuestro dinero, los que decidimos que empresas sobreviven, crecen y siguen con sus procesos productivos. Un día tras otro, somos nosotros con nuestros hábitos de consumo los que estamos alimentando un sistema de producción u otro. Una sociedad u otra. Un planeta u otro.

Creo que gran parte del daño que nos hacemos es inintencionado. Por eso queremos dar luz a los problemas sociales y medioambientales que generan la mayoría de procesos productivos actuales, pero sobre todo, queremos promover un consumo responsable dando luz a aquellas empresas, marcas e iniciativas creadas con conciencia social y con ganas de construir un mundo más sano y más justo. Os invitamos a construir euro a euro el planeta que queremos. Pues el dinero es lo que mueve el mundo; nuestro dinero.